El atletismo peruano ha encontrado su época dorada en las pruebas de largo aliento. Nombres como Gladys Tejeda, Christian Pacheco, Kimberly García y Evelyn Inga han llevado la bandera nacional a lo más alto en Juegos Olímpicos, Panamericanos y Mundiales de Atletismo. La cuna de este éxito se concentra en un lugar geográfico clave: el Valle del Mantaro, en la región Junín, a más de 3,200 metros sobre el nivel del mar.
La Ventaja Genética y Ambiental de la Altura
El entrenamiento a gran altitud somete al cuerpo a condiciones de baja presión de oxígeno (hipoxia). Como respuesta, el organismo incrementa de forma natural la producción de glóbulos rojos y hemoglobina, mejorando la capacidad de transporte de oxígeno. Cuando estos atletas compiten al nivel del mar, poseen una resistencia cardiopulmonar extraordinaria.
Sin embargo, la altura física es solo la mitad de la ecuación. La otra mitad es cultural e histórica:
- La disciplina y resiliencia: Muchos atletas provienen de familias agricultoras y ganaderas, habituadas al trabajo físico duro desde la infancia.
- El sentido de comunidad: El entrenamiento se realiza en grupos que se apoyan mutuamente en las largas rutas de tierra que serpentean los cerros de Huancayo.
El Apoyo que Aún Hace Falta
A pesar de los logros internacionales y el esfuerzo personal de los maratonistas (quienes muchas veces costearon sus entrenamientos con polladas y aportes comunales en sus inicios), el presupuesto estatal para el deporte federado sigue siendo centralizado e insuficiente.
Es urgente descentralizar los centros de alto rendimiento (CAR) dotándolos de equipos multidisciplinarios (nutricionistas, psicólogos deportivos y fisioterapeutas) en las propias regiones andinas para asegurar que el semillero de campeones no se agote.