ENTROPÍA
En la actualidad (julio 2026) la población mundial asciende a 8 mil 300 millones de personas, y los desechos humanos y de los demás seres que habitan el planeta son diariamente colosales y hasta irreversibles en la naturaleza. En esta generalidad, están los artefactos y sus componentes en desuso; el plástico, el petróleo, aceite, los desechos quirúrgicos, las pilas voltaicas, baterías, armamentos, residuos peligrosos, etc.
Y este fenómeno exponencial de desorden contrario a la vida se denomina entropismo; en física se habla de entropía como un grado de equilibrio establecido por Sadi Carnot, el fundador de la Termodinámica y desarrollado por Enrique Dussel, quien nos recordaba que estamos bajo las leyes de la termodinámica y no las de Newton.
En los cursos sobre ética y modernidad, Dussel explicaba los estados de equilibrio termodinámico a nivel macroscópico, con un ejemplo irónico recordaba la expresión popular de pedir un vaso de agua “al tiempo” cuando en realidad, el tiempo no tiene nada que ver con que el agua esté a la temperatura que se desea, ya que la pérdida de calor no se puede recuperar. También discurría sobre el anillo de oro de su suegro que se desgastaba con los años por el trajín del trabajo, cuyas moléculas eran irrecuperables.
La ciencia ya no puede sostener su vieja pretensión de predictibilidad lineal. La termodinámica, desde Sadi Carnot, nos enseñó que no hay marcha atrás, el calor perdido no se recupera. Y, sin embargo, la economía se comporta como si aún viviéramos en el siglo XVIII, como si los recursos no se agotaran, como si el planeta no se calentara, como si la vida no doliera.
Frente a esta crisis civilizatoria, no hay lugar para el reformismo tibio ni para el cinismo académico. El criterio de verdad, como insistía Dussel, es la vida. Y la vida es incompatible con una civilización entrópica que se suicida con cada bolsa de plástico, cada misil, cada litro de petróleo extraído del fondo de la tierra.
Es hora de frenar la industria y virar radicalmente. Una ciencia y una economía cuyo eje no sea la ganancia sino la vida. Un desarrollo humano que no sea el nombre elegante de una catástrofe disfrazada de progreso. Que la vida vuelva a ser el centro, no el costo colateral. Que el pan no se niegue para alimentar la acumulación abstracta, sino que sea cuerpo de justicia, cuerpo de humanidad.
En esta trinchera editorial, afirmamos que la entropía no es un destino inevitable. Es la consecuencia lógica de un sistema irracional. Y si el sistema es irracional, puede y debe ser sustituido. Porque aún es posible construir una civilización donde lo útil no se desperdicie, donde el oro no se pierda entre las manos del campesino y donde la vida no sea el precio a pagar por los lujos de unos pocos.
Vivimos atrapados en un sistema que celebra la destrucción como si fuera creación. El automóvil último modelo, el celular de última generación, el alimento envuelto tres veces en plástico; todo eso es símbolo de progreso para el discurso dominante. Pero detrás de esa fachada está la extracción desmedida, el trabajo precarizado, el hambre del otro lado del mundo y una naturaleza convertida en escombro. El capitalismo no recicla, devora. No reorganiza, descarta. Y en esa lógica, el ser humano también se vuelve residuo, pieza reemplazable, cuerpo prescindible.
La entropía no solo es una metáfora para ilustrar el desgaste físico o ambiental, es el retrato de un mundo gobernado por la lógica de la muerte. Enrique Dussel nos instaba a pensar una economía donde el criterio no sea el crecimiento del capital, sino el florecimiento de la vida. Es decir, una ciencia social con base ética y ecológica, donde la riqueza no se mida por acumulación de objetos sino por el bienestar de los pueblos y la preservación del planeta. El desafío es titánico. Lo suicida es continuar esta carrera hacia el abismo. Si el capitalismo es una bola de nieve entrópica, la resistencia debe ser fuego humano, un calor que no se disipe, sino que alumbre un nuevo comienzo.
El filósofo argentino-mexicano Enrique Dussel, fundamenta desde la filosofía de la liberación, que el capitalismo no produce vida sino residuos, pobreza y muerte.
Y es que, como decía Dussel, hemos cambiado la racionalidad por la irracionalidad de un sistema que idolatra lo abstracto, el dinero, el capital, el crecimiento infinito. En vez de guiarse por la vida, la economía se rige por la acumulación en manos de una élite que ya no necesita ni disimular. El resultado es una humanidad sacrificada en el altar del consumo, sufrimiento, pobreza, guerras, bombas nucleares. La entropía no sólo es física, es social, ética y política.
El capitalismo, en su fase actual, es una máquina de entropía. Convierte lo útil en inútil a escala planetaria. Extrae recursos como si fueran infinitos y los devuelve al mundo en forma de residuos inservibles o letales, petróleo convertido en CO₂, alimentos convertidos en basura, tecnología que envejece en un año, tierras que ya no pueden dar más, mares arrasados con redes de arrastre que matan hasta el último pez.
- ¿Dónde meter los residuos atómicos?
- ¿Qué haremos con los millones de toneladas de basura electrónica?
-No hay respuestas, porque el sistema no piensa en el futuro. Sólo acumula.
"El capital en su racionalidad se ha vuelto irracional", decía el filósofo Enrique Dussel.
El ser humano es el más cruento de todos los seres sobre la Tierra. Representa el 0,01% de las especies vivas del planeta, sin embargo, consume -mejor dicho- depreda como ningún animal, seis veces más de la existencia planetaria.



